Hace un tiempo cambié
de residencia. En esta transición, un día sentí ruido del ambiente cerca al tímpano
de mis oídos. Ese día no podía hacer otra cosa que escuchar sonidos discordantes.
Era apabullante el paso de los carros, las motos… “vibraciones cotidianas de una
ciudad”. Me pregunté cómo había vivido los otros días de mi vida. Pregunté a
algunas personas si podían escuchar el ruido. Ellas me decían que siempre había
estado, que “era normal” y me lanzaban unas cuantas sonrisas de que estaba
exagerando un poco.
Sin duda el ruido
siempre ha estado, pero ese día tuve un cambio de percepción. Ese día intenté
hacer muchas cosas para dejar de sentirlo. Revisar las ventanas de mi apartamento
y comprar algunos objetos que ayudan a contenerlo y disiparlo. Gradualmente
logré una adaptación sensorial. Pero la experiencia de esa tarde ha quedado
calada en mi memoria con preguntas sobre la costumbre de vivir con ruido.
Si bien ese ruido
sensorial es cotidiano, no es el único ruido que nos acompaña ¿Qué tipo de
ruidos nos habitan? ¡Hay tanto ruido que consume la vida! Por ejemplo, puede ser
un recordatorio de que no hemos estado firme con nuestros propósitos, una especie
de silbido de la huida de nosotros mismos a través de ideas y tareas de los
demás. Vienen de afuera y nos eclipsan. También nos puede generar una especie
de aturdimiento en el que la mayoría de las personas ya están habituadas.
La experiencia de
darnos cuenta del ruido puede ser electrizante. Puede dejarnos un tiempo con
una alta hipersensibilidad. Es tal, que quizá solo vamos a querer hablar del
ruido. Percibir ruido de esta magnitud puede ser lo que Vivian Gornick ha
mencionado como “sentirnos escindidos por dentro”. Esta división nos puede
paralizar, pero también nos puede estar llamando a actuar más consciente y
deliberadamente. Siguiendo las ideas de Gornick puede ser una supernova de sueños,
de la necesidad de la fuerza interior. Algo así como una invitación sensorial
para vivir para nosotros.
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