Conocí a un escritor en la época del WhatsApp. Su escritura es reflexiva, combativa con su cotidianidad y consigo mismo. Sus textos atesoran tormentas y náufragos. Sus palabras transmiten gotas de fuerza creadora, de constantes preguntas y un sentido de belleza que me lleva a un territorio en el que las palabras me invitan a un viaje y a un retorno de recuerdos y de visiones de otros estados de mundo.
En algunas conversaciones por el chat sentí tristeza. Cada comentario era una referencia a sí mismo, a un “estar” y no “estar”. A un deseo de ser y la auto imposición de un deber que lo abruma. “Quiero ser escritor, pero heme aquí”. En esos momentos quería decirle: Escribe y escribe. Solo escribe. No importa el trabajo, no importa el pasado, no importa el futuro. Solo escribe.
En
sus textos, en sus palabras. Vi una persona. Vi muchas personas que tal vez son
los mejores escritores y escritoras del mundo. Pero no escriben. Me pregunto ¿Qué lugar
tenemos en sus vidas? Aunque tenemos ideas enraizadas del viaje en solitario
o atormentado de los artistas. Creo que podemos dar lugar a sus voces y a
construir narrativas en las que los acompañemos en sus travesías desde
posiciones más amistosas. Creo que si una
persona quiere escribir y, vemos en ella la magia y la intuición de las
palabras para nombrar y ejercer un poder sobre el mundo. Nosotros, los
lectores, los seres queridos y cercanos tenemos un rol.
Creo
que podemos ser "hacedores de magia". De una magia para acoger a las
personas que escriben, una magia para sentirnos cómplices de sus relatos y
reflexiones, para sentirnos en comunión. Esta magia es una manera de encontrar
un equilibrio entre el desconcierto gris que en ocasiones rodea nuestras vidas,
el extravío del mundo atroz en el que a veces vivimos. En esos tiempos en los
que nos sentimos huérfanos necesitamos de la presencia, una presencia viva para
la creación.
Cuando las personas que quieren escribir no lo hacen. Creo que no son solo las personas, también toman partido las condiciones del contexto, de las familias y en ocasiones, de experiencias que han dejado unos fractales que son difíciles de remover. Fractales que invaden cotidianamente los sentimientos de carencia. De que falta. De que no se es suficiente. Tenemos la creencia de que el sacrificio llevará a una recompensa y que se necesita de una lista de deseos cumplidos para tener el espacio y el tiempo para escribir.
Al terminar esta reflexión me preguntaba ¿En qué medida el deseo de
escribir nos hace presos de un no hacer? De un soñar que necesitamos otro
trabajo, otro ambiente, otro estilo de vida, otras relaciones, otras
circunstancias. Entonces, a las personas que conozco y que veo el fuego de
la fuerza creadora de la escritura, les seguiré invitando a momentos de conversación, momentos para compartir, porque creo que podemos tener un lugar en sus vidas y podemos motivarlos. No hay otro tiempo, ni
otro lugar. Día tras día es un buen día para
escribir.

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